ANTECEDENTES

¿Quién no ha oído hablar de los serenos? Algunos, los más mayores, aún los recuerdan con cariño y los añoran; otros, los que somos más jóvenes, oímos hablar de ellos con nostalgia a nuestros padres y familiares. ¡Con qué cariño hablaban de ellos, cuántas cosas nos contaban, alabando su sacrificada profesión! Y es que el mundo de nuestros días, el que nos ha tocado vivir, de tanta actividad, tan distinto y diferente, forzosamente nos hace mirar al pasado, cuando se vivía con más tranquilidad, sin prisas, sin agobios ni estrés, sabiendo que había que emplear en los asuntos o tareas todo el rato necesario y, sobre todo, que había tiempo para todo, aunque tuviesen que emplearse más días, meses o años.

D. José Lorente Gámez - Sereno de Mengíbar desde principios del s. XX hasta 1932

Pero quizá sea hora de que digamos qué o quiénes eran aquellos serenos. El diccionario de la Lengua de la Real Academia Española lo define como “Cada uno de los dependientes encargados de rondar de noche por las calles para velar por la seguridad del vecindario, de la propiedad, etc.”. Pero esta definición nos podría confundir, al identificarlos con los cuerpos de la Guardia Municipal, Guardia Civil o Policía Nacional. Sin embargo, los serenos eran distintos a los componentes de estos modernos cuerpos de seguridad. Ellos eran más humildes en sus pretensiones, menos cuerpo armado, más sacrificados por las circunstancias en que desenvolvieron su labor, más románticos, si analizamos su loable actuación. Ello es lo que pretendemos en este trabajo, que quisiera fuese un homenaje a todos aquellos serenos que recorrieron las calles de Mengíbar, en tantas noches oscuras, pues la iluminación, o aún no existía o era bastante escasa, como después veremos. Esos hombres que, lloviendo, con frío, con calor, desarrollaban su labor, con unos sueldos bastantes escasos, sin más armas que un “chuzo” y el pito, sin olvidar el farol de aceite. Ellos marcaron toda una época, ya pasada, aunque, no por ello, menos interesante y digna de recordarse.

ORIGEN DEL CUERPO DE SERENOS

Pero hagamos una breve historia de este cuerpo. Fue Carlos III, a poco de iniciar su reinado en España (1759-1788), el que implantó en Madrid un cuerpo especial de vigilantes nocturnos, a los que el pueblo llano bautizó con el nombre de serenos. Ese cuerpo aparece, indisolublemente, unido con la instalación, conservación y funcionamiento del primer alumbrado público que lució la Villa y Corte, obra del italiano Sabatini. Y así, poco a poco, esta importante novedad se abre camino por toda la península y se populariza, definitivamente, la figura del sereno. Pero no podemos olvidar que desde tiempos inmemoriales existían en todas las ciudades o villas unos vigilantes o rondas nocturnas, encargados de recorrer las calles y plazas para velar por la seguridad de las personas y de sus propiedades, así como mantener el orden público, aunque estos individuos, pertenecientes al ejército o al municipio, eran y actuaban como dependientes de la justicia.
La nueva figura del sereno era totalmente distinta a lo que se conocía hasta entonces. No poseían el carácter marcial de los militares ni la seriedad y rígida reglamentación de los agentes municipales, aunque siempre estuvieron como ayudantes de los servidores de la autoridad en misiones nocturnas. Desde el primer momento, fueron aceptados muy bien por el pueblo llano, pues, además de cuidar de su seguridad durante la noche, también apreciaban sin reservas las demás prestaciones que de ellos obtenían, como era conocer, sin moverse de la cama, la hora que marcaba el reloj y el estado del tiempo atmosférico, avisar a médicos y parteras en casos de urgente necesidad, tener un fiel depositario de las llaves del portal o, simplemente, enterarse, casi sin demora, del fallecimiento de alguna persona del barrio o de los últimos sucesos, ocurridos en la localidad.

El nombre de sereno, emanado rápida y directamente del saber popular, como casi todo lo que perdura, les fue dado, precisamente, por la obligación que tenían estos funcionarios de vocear por toda su demarcación la hora de la noche que corría, acompañando el estado atmosférico del momento: “las dos en punto y lloviendo”, “las tres y media y nublado”, “las cuatro y sereno”… En Madrid, lugar donde se les bautizó, la causa debió ser porque las ocasiones en que el tiempo estaba “sereno” eran muy superiores en número a las demás, y, rápidamente, ese adjetivo usado pasó a ser el nuevo nombre común del principiante funcionario. Y, si en Madrid el tiempo atmosférico estaba con mucha frecuencia sereno, pensemos que en nuestra tierra andaluza, esa frecuencia se hacía más larga y dilatada.

Bebiendo en las fuentes de la ciudad de Jaén, hemos tenido la suerte de conocer ciertos detalles, muy interesantes sobre el mundo de este cuerpo. Así, hemos sabido que el sueldo inicial de un sereno de Jaén, en 1828, era de 4 reales diarios, cifra que podemos calificar de hambre, incluso para aquellos tiempos. Además, se daba el caso de que los propios serenos eran los encargados de recaudar, casa por casa, el nuevo impuesto, cuatro maravedíes semanales, con el que complementaría su salario, aunque no siempre lo conseguían, dado el estado precario de la población. Además, el Ayuntamiento de la ciudad aprobó una derrama (contribución temporal o extraordinaria), de 16 maravedíes para todos los afectados, destinados al pago de los equipos de cada sereno, que estaban formados por gorra, capote, farol, pito y chuzo.

LAS FUNCIONES DE LOS SERENOS

El reglamento, aprobado el 28 de enero de 1828, para el funcionamiento del cuerpo de serenos de la ciudad de Jaén, nos suministra una amplia información de las obligaciones de estos abnegados hombres. Así, destacamos los siguientes:

– Uno de los primeros mandamientos era que el último día feriado de cada mes habrían de reunirse todos los serenos en el Ayuntamiento, en horas diurnas, para que les leyesen todas sus obligaciones, deberes y atribuciones, por la sencilla razón de que la mayor parte del colectivo era analfabeta. Sería en 1843, cuando ya se establece la obligatoriedad de saber leer y escribir, como requisito indispensable para ocupar una plaza de sereno, aunque en 1871, las cuatro quintas partes de la plantilla continuaban siendo analfabetas.
– Tenían que anunciar “con voz alta y bien timbrada” cada cuarto de hora, la hora que marcaba el reloj y el estado del tiempo, con palabras precisas y reglamentadas. Este pregón tenían que repetirlo cuantas veces fuesen necesarias, para que pudiera ser oído en todas y en cada una de las casas de su distrito.
– Si había un incendio, tenían inmediatamente que anunciarlo, con indicación precisa de la parroquia y calle en la que se estaba produciendo.
– Los únicos casos en que se permitía al sereno abandonar su demarcación durante la noche eran “para acompañar a las personas a buscar médico, cirujano, comadrón o avisar a la parroquia para la administración de Sacramentos”.
– No se les permitía pararse a descansar o vigilar en ningún sitio que no fuese esquina de calles, como también se les prohibía el entrar en cualquier casa.
– Como auxiliares que eran de los celadores de policía urbana, estaban obligados a intervenir en cualquier alteración del orden o acciones contra personas y propiedades.
– Otro de sus deberes era el impedir que persona alguna deambulara por las calles con paquetes, fardos o bultos. Se supone que era para no dar facilidades a los cacos nocturnos.
– Cada día por la mañana, el celador responsable de los serenos estaba obligado a presentar al Alcalde un parte escrito con las novedades o incidencias acaecidas durante la noche anterior.
– El trabajo del sereno era los siete días de la semana, sin permisos ni vacaciones de ningún tipo. Cuando uno faltaba a su trabajo por enfermedad u otra causa, por muy justificada que estuviese, no cobraba sueldo alguno, y el Ayuntamiento colocaba a un suplente en su lugar, con el agravante de que el sueldo tenía que pagarlo el sereno titular.

Su labor fue meritoria y abnegada, como lo demostraron en circunstancias difíciles, no ya durante los fuertes temporales de lluvias o tormentas, sino en épocas de calamidades, motines, alborotos callejeros, guerras o epidemias. Así, en la epidemia de cólera morbo de 1834, en la ciudad de Jaén, los serenos se mantuvieron en todo momento en sus puestos, con el consiguiente peligro de contagio, como lo prueba el hecho de que dos de ellos murieron por este motivo y otros tres adquirieron también el terrible virus.
Otra constante del sereno fue el mísero jornal, ya que una buena cantidad de vecinos eran muy reacios al pago de los emolumentos fijados, por lo que el Ayuntamiento, consciente del caso, les ayudó, a partir de 1837, con un real diario, con cargo a los presupuestos municipales, y haciéndoles acompañar de un guardia municipal a la hora de cobrar los recibos al vecindario, aunque ni así se pudo resolver el problema. Ante esa situación, acuden a la máxima jerarquía del Ayuntamiento, pidiendo se les solucione su problema. Así, los once serenos de la ciudad de Jaén se dirigen por enésima al Alcalde, manifestando “… En el transcurso de los años en que venimos sirviendo la plaza tan expuesta y peligrosa de sereno, hemos sufrido miles de vejaciones, afrentas y necesidades con las tiendas de comestibles que nos suministraban por no contar mensualmente con los sueldos…”

A comienzos del siglo XX, el sueldo seguía siendo insuficiente, ya que estaba en 500 pesetas anuales, o sea, no llegaba a las 1.40 pesetas diarias. No obstante, la mayoría de ellos se mantuvieron en sus puestos con dignidad y acreditado celo, año tras año, en el cumplimiento de su deber, a pesar de la exigua recompensa material, aunque también hubo casos de embriaguez, ausencia de la demarcación o dormirse en cualquier portal del barrio. Pero la falta más habitual de los serenos consistió en quedarse con parte del aceite destinado al alumbrado público, no llenando adecuadamente el depósito y dejando que los faroles se apagasen antes de la hora fijada o sustituyendo las alcuzas de tres onzas de capacidad por otras de dos onzas o, simplemente, cambiarlo por otro volumen idéntico pero de aceite de pésima calidad, conocido como “aceite de turbios”, falta que no era difícil de descubrir, porque los faroles, así alimentados, lucían igual que pavesas. Pero después de conocer sus serios apuros económicos, no nos puede extrañar esas faltas y las justificamos, ya que aquel aceite sustraído iba dedicado a dar de comer a los miembros de su hogar, acompañando a un pedazo de pan, en el clásico “pañiaceite” o para que la mujer del sereno preparara la comida de la prole.

LOS SERENOS EN MENGÍBAR

Desgraciadamente, no disponemos de datos muy antiguos de este cuerpo de serenos en Mengíbar, y sólo existen a partir del último tercio del siglo XIX, ya que el Archivo Municipal de Mengíbar de esas fechas desapareció, debido, en la mayoría de las veces, a la desidia de las autoridades municipales, y en otras, a los cambios de domicilio que ha sufrido nuestro Ayuntamiento, sin olvidar que en cierta ocasión, no hace mucho tiempo, con la autorización de la correspondiente autoridad provincial, se vendieron muchos kilos de papel viejo del citado archivo para ser reciclado. De ahí, que desconozcamos el nacimiento del cuerpo de serenos y los nombres de los mismos, hasta la fecha en que ya hemos podido investigar.
Pero, antes de todo, no podemos pasar por alto las condiciones en que los serenos desarrollaban su labor, o sea, cómo estaban las calles de Mengíbar, que ellos recorrían varias veces durante la noche. Nosotros, en nuestra niñez, hemos conocido las calles de Mengíbar, totalmente distintas a como hoy se encuentran. Recuerdo verlas, en su mayor parte, terrizas o muy desempedradas, a causa de las finas llantas de hierro de los muchos carros agrícolas y de transporte, existentes entonces en Mengíbar, que las destrozaban a los pocos días de su arreglo. Tanto, que en los años veinte, del siglo XX, hubo un fuerte enfrentamiento entre los concejales del Ayuntamiento de Mengíbar, porque un grupo de ellos quiso cerrar al tráfico rodado algunas calles del centro urbano de Mengíbar, recién empedradas, a los que se les opuso otro grupo, ya que esa determinación, según éstos, les impediría realizar algunas faenas agrícolas, como era el acarreo de la cosecha de cereales a los domicilios de los mismos. Ello nos da una idea de cómo estarían aquellas calles de Mengíbar. Si era invierno, mucho barro y grandes charcos de agua, llenando los baches existentes; si era verano, el polvo de aquellos barros secos inundaba todas las calles, al que se le añadía la paja que se desprendía de los carros, que habían cargado en los balagueros de las eras, donde se recolectaban los cereales.
Sirva también como prueba del pésimo estado de las calles de Mengíbar, que uno de los juegos favoritos de los niños anteriores a mi generación era hacer unos zancos con largos palos y atravesar con ellos aquellos auténticos lodazales, que se formaban cada vez que llovía en determinadas zonas del casco urbano de Mengíbar, como en la Cruz Blanca o en la calle “Molinillo”, hoy llamada Bernabé Vallecillo, circunstancias que se agravaban, cuando sabemos que no existían acerados en las calles, y eran unos pocos vecinos, los que, voluntariamente, lo construían, de una manera bastante anárquica, a lo largo de su fachada o, al menos, delante de la puerta de entrada.
Pero si el estado de las calles era bastante defectuoso de día, pensemos cómo serían durante la noche, cuando aún no existía la luz eléctrica, pues ésta no llega a Mengíbar hasta 1912, y la iluminación era con faroles, en reducido número y sólo en algunas calles, las más céntricas. La luna les podía ayudar algunas noches, pero, cuando ésta faltaba, la oscuridad era total. Los serenos, para guiarse y poder caminar, llevaban unos pobres faroles de aceite, que el aire y la lluvia se encargaban de apagarlos en la mayoría de las veces. El chuzo, un palo armado con un pincho de hierro, era su arma de defensa o ataque ante los que eran sorprendidos en delitos contra la propiedad o contra las normas de normal convivencia. Para llamar la atención, cuando el caso lo requería, se servían del pito, alarmando con su sonido a los vecinos, sin olvidar una buena pelliza para resguardarse del frío o una anguarina o capote, para la lluvia.
Pero, qué mejor testimonio del estado en que se encontraba Mengíbar que el que expresa el periódico “El Diario Universal”, de Madrid, cuando el 27 de marzo de 1905, publicaba un artículo sobre Mengíbar, firmado por don Alfonso Monge Avellaneda, un periodista natural de Pozo Alcón y que, posteriormente, en 1915, sería Alcalde de Jaén. Desconocemos las causas de su estancia en Mengíbar, pero lo cierto es que estuvo unos días en esta localidad, quizá por amistad con algún mengibareño. En un amplio artículo, después de exponer los graves problemas sociales de Mengíbar, causados por la fuerte crisis obrera de aquellos momentos, derivados de la falta de trabajo, expone el estado de la iluminación del pueblo. Dice textualmente sobre este tema:
“… Será todo lo raro que usted quiera, pero es verdad. Mengíbar es un pueblo de más de 5.000 habitantes, que está a una hora aproximadamente de Jaén, por ferrocarril, y que no tiene más luz durante la noche que la que le presta la luna, cuando hay luna. El forastero está allí expuesto a romperse la crisma a cada paso. Perdida la claridad del día, es imposible que el forastero pueda salir del tramo sin lazarillo. ¿Qué esto es una vergüenza? Así lo creo yo. El Ayuntamiento haría una obra plausible remediando esto. En un pueblo como Mengíbar, que no tiene ni un farol en sus calles más céntricas, no puede estar garantizada la seguridad personal, por aquello de que allí, al oscurecer, todos los gatos son pardos”.
Poca o muy escasa documentación, como dijimos antes, existe sobre este extinguido y desaparecido cuerpo de serenos en Mengíbar, aunque sus orígenes y desarrollo debieron de ser idénticos a los de Jaén y otras localidades, siempre, según las circunstancias del número de habitantes y categoría de la localidad. Coincidía que, igual que en Jaén, en sus principios, los serenos no tenían ni categoría de funcionarios municipales, pues lo conseguirían bastantes años después, como luego veremos.
Las primeras noticias de que disponemos son de 1874, cuando vemos a Antonio Carrillo, natural de Baza, que ya ejercía el oficio de sereno en Mengíbar. Pasarán unos años y, concretamente, en 1906, es cuando aparecen tres serenos que ejercerán el cargo durante bastantes años: Martín Pancorbo Mateos (se da la circunstancia de que en nuestros días sus descendientes son conocidos como hijos o nietos de Martín, el sereno), Juan Dueñas Moya y José Lorente Gámez. En estos años, como dijimos antes, los serenos se pagaban por suscripción popular, y, aunque no eran funcionarios municipales, el Ayuntamiento pagaba algunos de los gastos que estos vigilantes ocasionaban. Así, en 1907, la Corporación abona una factura de 24.50 pesetas de chuzos y faroles para los serenos, así como otra, en 1910, de 36 pesetas, para el aceite de los faroles de los serenos, desde marzo a agosto.

El 1 de julio de 1924, marcará un hito en la historia de este cuerpo en Mengíbar, pues, a partir de entonces, los serenos serán incluidos en el presupuesto municipal del Ayuntamiento, ingresando como funcionarios municipales aquellos que venían desempeñando el cargo desde hacía bastantes años, concretamente, Santiago García Barranco y José Lorente Gámez. Ambos son incluidos en nómina con el haber de 1.095 pesetas anuales, o sea, tres pesetas diarias.
De José Lorente Gámez (1863-1943) su nieta, Manuela Moreno Lorente, nos ha contado una curiosa anécdota. Una noche, estando de servicio, llegó a Mengíbar un forastero a caballo, que preguntó a José Lorente por una dirección de Mengíbar. José le acompañó y, al despedirse, el forastero, agradecido, le regaló una moneda de oro. La sorpresa de José Lorente fue grande, cuando supo que aquel misterioso forastero era aquel célebre bandolero, llamado Francisco Ríos González (1879-1907), apodado “El Pernales”.
El Ayuntamiento quiere darles un símbolo de autoridad a esos abnegados vigilantes nocturnos y, para ello, el 14 de abril de 1927, la Corporación Municipal aprueba una factura de Luis Hipólito, de Jaén, de 17 pesetas, por gorras para los serenos.
El 5 de enero de 1928, la plantilla de los serenos en Mengíbar resulta insuficiente y se amplía, creando una plaza, para la que es nombrando Ricardo Martínez Jiménez, que años más tarde formará parte de la plantilla de guardias municipales y que, cariñosamente, fue conocido por “Ricardillo”. Y en 1932, aparece Santiago García Barranco. Dos años más tarde, el 18 de enero de 1930, es nombrado Ramón Ruiz Serrano, que adquiere la plaza en propiedad, el 12 de marzo de ese mismo año.
Van pasando los años, y aquellos primeros serenos van cumpliendo la edad de jubilación, como José Lorente Gámez y Santiago García Barranco, que cesan en sus funciones, el 10 de diciembre de 1932, recibiendo ambos una pensión diaria de 2.50 pesetas. Se da la circunstancia que los dos serenos jubilados fallecen en 1949.
Con motivo de la jubilación de los anteriores, son nombrados para desempeñar el cargo Jerónimo Bruno Díaz y Luis Guerrero Iñiguez, adquiriendo la propiedad en el cargo, el 23 de marzo de 1933.
Con el cambio de gobierno y la vuelta de las derechas al poder, el 16 de mayo de 1934, los anteriores son destituidos por la nueva Corporación, nombrando en sus puestos a Ricardo Martínez Jiménez, Alonso García Medina y Lucas Soriano, desempeñando el primero el cargo de cabo. El 13 de octubre de ese mismo año, la plantilla se amplía, nombrando para el mismo a Anselmo Beltrán Troyano, que años después será guarda municipal. Ahora son provistos de pitos, que el Ayuntamiento adquiere de Joaquín Fuentes, por 8 pesetas. El 28 de enero de 1935, la Corporación Municipal adquiere cinco revólveres, marca “Smith”, calibre 38, a 46 pesetas cada uno, con destino a los serenos, ante los difíciles tiempos y circunstancias que se viven en España.
El cambio originado en las elecciones de febrero de 1936, con la llegada de las izquierdas al Ayuntamiento, ocasiona la destitución de los anteriores serenos y la Corporación nombra en su puesto a Jerónimo Bruno Díaz, Luis Guerrero Iñiguez, Francisco Anguita Martos y Domingo Laguna Cañuelo, ostentando el primero el cargo de cabo.
Acabada la Guerra Civil, en 1939, vuelve a estructurarse la plantilla de Vigilantes nocturnos, lejos ya de aquellos serenos, por lo que ese nuevo cuerpo será objeto de estudio en otra ocasión.
Sin embargo, el pueblo no olvida a aquellos serenos, pues los niños de mi generación, cuando jugábamos con la pelota en la plaza o hacíamos alguna gamberrada, era muy normal alarmarnos, cuando veíamos llegar a los guardias municipales, y decir: ¡Qué vienen los serenos! Y en la plazoleta, los sufridos vecinos nos amenazaban, cuando nos veían jugar al fútbol, diciendo: ¡Voy a llamar a los serenos! Y es que habían sido muchos años los que aquellos serenos habían estado vigilando el cumplimiento del orden, y la costumbre de identificarlos con los nuevos guardias municipales tendría que esperar bastantes años para borrarse. Quizá, hoy, a pesar de los muchos años transcurridos, los niños saben aún lo que es un sereno.

EL SERENO Y EL ALUMBRADO ELÉCTRICO

En 1836, se publicó en la Gazeta de Madrid un decreto de la Reina Gobernadora por el que se establecía la obligación de instalar, rápidamente, un alumbrado público en todas las capitales de provincias españolas. Entre las capitales, que aún no disponían del referido servicio, estaba la ciudad de Jaén, por lo que el Ayuntamiento gastó todo el dinero disponible en sus arcas para poder construir 96 faroles con sus correspondientes hierros de anclaje a la pared, alcuzas, escaleras, rodillas, torcías, etc. Los mismos se distribuyeron por toda la ciudad, constituyendo el rutilante alumbrado de Jaén. Teniendo en cuenta que en la ciudad había entonces casi trescientas calles y que los faroles utilizaban como combustible aceite de oliva, nos hace pensar que reinaría la oscuridad en aquella ciudad. Resulta curioso que el Ayuntamiento de Jaén creara un nuevo arbitrio para costear el funcionamiento del alumbrado, que recayó en los consumidores de anís forastero, que así vieron incrementado el precio de la arroba de esta bebida en cuatro reales.
La novedad del alumbrado suponía para los serenos nuevas obligaciones, ya que ahora tenían que encender y apagar los faroles, llenar las alcuzas de aceite y dar parte por escrito de cualquier deficiencia, avería o rotura observadas. Y, por supuesto, sin menguarles en una sola de sus obligaciones anteriores. Como curiosidad, hemos de añadir que en 1868, en la ciudad de Jaén, se sustituyó el aceite por petróleo como combustible, y entre la última década del siglo XIX y primera del XX, después de un vano intento de utilizar faroles de gas, fueron electrificados en su totalidad los viejos faroles, lo que supuso un descanso para los serenos.

También a Mengíbar llegó la obligación de iluminar sus calles con aquellos faroles de aceite. Se instalarían algunos, muy pocos, en las principales y más céntricas calles y plazas. Concretamente, hemos sabido que había en la plaza de la “Constitución” y en la puerta del Cuartel de la Guardia Civil, situado en la calle “Álamos”. Y el sufrido sereno, provisto de una escalera de mano, tenía que suministrarles aceite de la alcuza, así como revisar los cristales, con el fin de que el aire no los apagara. Y, al amanecer, cuando llegaban las primeras luces del alba, el sereno tenía que apagarlos y dejarlos provistos de torcía y combustible, para poder encenderlos, al oscurecer. Y así, hasta que llegó el alumbrado eléctrico, que en Mengíbar fue en 1912, cuando don Manuel de la Chica y Damas construyó una fábrica de luz, “La Purísima Concepción”, alimentada con el agua del caz, que movía dos turbinas de 70 caballos.
La llegada de la iluminación eléctrica a Mengíbar hizo que los serenos olvidasen el aceite, la alcuza y las torcidas (torcías). Ya no tenían que preocuparse de encenderlos ni apagarlos, aunque, eso sí, ahora tenían que dar parte de las lámparas o bombillas fundidas.

Final

La figura del sereno, aunque desaparece hace muchos años, aún permanece en el recuerdo de muchos mengibareños. Quizá hoy no hagan falta, no sea necesaria su presencia en nuestras calles, debido a los muchos y sofisticados adelantos técnicos, como el teléfono, las emisoras, el que en cualquier hogar existan varios relojes, los avances de previsiones meteorológicas de la radio y la televisión y, sobre todo, las modernas patrullas de policía municipal y Guardia Civil, dotados de excelentes medios, y un sinfín de razones más.
No obstante, su figura y su recuerdo están presentes en la historia de nuestros pueblos y ciudades. No podemos prescindir de ellos, si queremos conocer aquella época. De ahí, que en estos momentos los recordemos, los tengamos presentes y le dediquemos nuestro homenaje de cariño y reconocimiento a su labor. Ellos velaban por la seguridad ciudadana, ponían su nota en el silencio de la noche, cantando la hora del reloj y las condiciones meteorológicas. Así, nuestros mayores se despertaban, sabiendo la hora del reloj y la climatología de la calle: si llovía, estaba nublado o sereno. Bien podrían ser cualquiera de estas cantilenas:

¡Las doce han dado y sereno!

¡Las tres y media y lloviendo!

¡Las cinco han dado y nublado!

Fuentes documentales consultadas:

ARCHIVO MUNICIPAL DE MENGÍBAR.
LARA MARTÍN- PORTUGUÉS, Isidoro. “Los serenos de Jaén”. Revista “Senda de los Huertos”, número 26, página 77. Asociación Amigos de San Antón. Jaén. 1992.

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6 comentarios en «LOS SERENOS EN MENGÍBAR»

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  2. Me ha encantado este estudio històrico de la figura, en general, del sereno. Es estupendo, el post, Mario. Sigue ilustrando, como hizo Carlos III, nuestros caminos y compartiendo tus conocimientos, a cualquier hora, como si fueras la reencarnaciòn de un antiguo sereno.

    1. Hola Mónica,
      Muchas gracias por tus palabras, que ayudan y empujan a continuar.
      Pero el mérito del articulo es de mi suegro, D. Sebástian Barahona, que hizo la labor de investigación y ha escrito el texto.
      Yo «solo» le he dado más «visibilidad»…

  3. Mario, enhorabuena por tus publicaiones, ya que sin ser de Mengibar, estes tan introducido en nuestras raices, que son tuyas tambien por haberte casado con nuestra amiga Juani, sigue asi y haras mas grande la historia de nuestro pueblo, aunque sea con la ayuda de tu suegro, que seguro que te enseñara muchas cosas dignas de ser conocidas por todos los paisanos.
    GRACIAS POR TODO. UN ABRAZO.

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